domingo, 9 de octubre de 2016

Paciencia.

Después de no querer bañarme dos veces en las mismas aguas
me acerco a tu orilla en calma,
con arena entre mis manos,
a ver si empieza a rabiar.

Dos gritos y una mirada te llevan a pensar que,
igual es mi locura o mis ganas de acelerar,
pero también a ti te apetece volver atrás.

Subes con la marea y me preguntas cómo y porqué
mientras el agua me empieza a cercar.

Después de dos minutos muda,
abro la boca y empiezo a hablar.
Porque de qué me vale callar
si ya me has visto temblar
cuando el roce de tus dedos sustituía al agua del mar.

Con el agua por las caderas y la piel erizada
aún no siento el frío.
Paciente, aguardo a que me invites a sumergirme en ti.
Indeciso por si me ahogo,
por si luego acaparo demasiado mar,
evitas hablar.

Apresúrate.
Puede que antes de que te pronuncies decida devolver
aquella arena robada a su orilla
y me marche para no volver.