Por primera vez me encuentro nadando en la soledad, ahogándome en la pena. Ni me salvas ni lo intentas y tu cuerpo enturbia el agua. Sigues impasible, dejando correr el tiempo, helándome la sangre.
Silencio. Mi lengua atada. No hay más verdad que aquello que llevo dentro. Más silencio. Se cruzan nuestras miradas y no ves mi piel refulgir cuando cae el sol por última vez. Cesan los movimientos y llega la quietud, que no la calma. No te alteras cuando me hundo, cuando las jaulas que tengo por costillas no me dejan respirar, cuando el peso de tu recuerdo deforma mi alma.
A lo lejos, por fin consciente de mi sufrimiento, te abres paso y llegas hasta lo que queda de mi. Para llevarlo al fondo, para llevarme al fondo. Se aproxima el final. Agua o combustible. Sin piedad alguna me prendes fuego y en tus ojos veo el titilar claroscuro de mis llamas y tus recuerdos. Abandono mi forma y se transforma mi silueta. Me vuelvo irreconocible (también para mi) y abandonas la vista antes de que sólo sea cenizas, antes de que caiga sobre ti la culpa.